La 21.ª edición de Perspectivas de la Alta Dirección en México 2026, en la que participaron 554 líderes empresariales de todo el país, revela que seis de cada diez directivos perciben un entorno marcado por la disrupción, los cambios regulatorios y señales de estancamiento económico. No es sorprendente. Lo que sí llama la atención es que, en ese contexto, el problema central ya no es la falta de datos: es la capacidad de decidir con lo que ya se tiene.

El liderazgo de este ciclo exige menos acumulación de información y más traducción de esa información en acción concreta. Los equipos no siguen al líder que más sabe; siguen al que tiene la convicción de moverse cuando todo es incierto. Esa diferencia, aparentemente sutil, define si una organización avanza o se queda esperando el momento perfecto para actuar.

He observado ese patrón con frecuencia en el trabajo con empresarios en Jalisco y en otras regiones del país. El problema no suele ser que la empresa carezca de un diagnóstico: el problema es que ese diagnóstico lleva semanas en una presentación que nadie convierte en decisión. La parálisis no viene de la ignorancia. Viene de querer certeza absoluta antes de comprometerse con un rumbo.

El criterio — esa capacidad de ponderar escenarios, priorizar lo que importa y comprometerse con una dirección — es la competencia más escasa en el entorno actual y la más difícil de delegar. No se resuelve con más reuniones ni con mejores tableros de indicadores. Se construye con el tiempo, exponiéndose deliberadamente a problemas reales, consultando con personas que ya los han enfrentado y asumiendo la responsabilidad de las consecuencias.

Decidir bien no significa decidir sin riesgo. Significa decidir con la mejor información disponible, dentro de un marco ético claro, y con la disposición de corregir el rumbo cuando los hechos lo demanden.

Eso es liderazgo. No la imagen, no el cargo, no la certeza.